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El Evangelio de Jesús
ante Lázaro contiene una afirmación del Señor que es fuente perenne de
esperanza: “Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque
haya muerto, vivirá. Y el que vive y cree en mí no morirá para
siempre”. Jesús nos invita con apremio a que en las situaciones
humanamente más desesperadas, mantengamos la esperanza. Florecerá también
en vosotros, queridos hermanos, pasado el duro invierno que n os toca pasar
ahora. Así lo espero y se lo pedimos a nuestro Señor Jesús con toda el
alma.
Solidaridad, libertad, esperanza. He aquí un mensaje para todos los
presentes, sea cual fuere nuestra posición ante la fe cristiana.
La solidaridad que nos hace sensibles a todas
las formas de sufrimiento que afligen a nuestra sociedad nos hace hoy
particularmente sensibles al sufrimiento de esta familia, Jesús se
compadece y llora al ver a Lázaro en el sepulcro.
Y ¿cómo lloramos con Jesús? Lloramos con Jesús por
tener compasión a los sufridos. Cuando un conocido fallece o cuando fallece
un familiar de un conocido es compasivo exponer nuestro pésame a la
familia. Tal vez le traigamos una olla de frijoles desde que su miseria le
prohíba de preparar la comida. Lloramos con Jesús por recordar a los
muertos de nuestra propia familia – asistiendo a misa o visitando sus
fosas en el aniversario de sus muertos. Lloramos con Jesús por actuar con
bondad cuando reportan las grandes catástrofes en el mundo. Cuando hay un
terremoto en Sur América, un tsunami en la Asia, o una guerra en la África,
que recemos por las víctimas. Y, si es posible, que mandemos un aporte por
su alivio. Con estos y un millón de otros actos de compasión lloramos con
Jesús y esperamos la vida eterna. Con Jesús esperamos la vida eterna.
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