Florida - USA 14/06/2010 por P. Victor Caviedes  .- El perdón es el tema de hoy. Y todos sabemos que el perdón es un gran regalo de Dios Padre, con el que uno se siente profundamente liberado. Por eso, nosotros también estamos llamados a perdonar y a recibir perdón.

En el evangelio de hoy, San Lucas nos trae un ejemplo muy claro sobre el perdón.  Según el relato, un fariseo llamado Simón está muy interesado en invitar a Jesús a su mesa. Probablemente, quiere aprovechar la comida para debatir algunas cuestiones con aquel galileo que está adquiriendo fama de profeta entre la gente. Jesús acepta la invitación: a todos ha de llegar la Buena Noticia de Dios.

El fariseo Simón tenía algunos principios religiosos claros y sencillos: el mundo se divide en buenos y malos. Los buenos son los que cumplen la Ley y los pecadores son los que cometen faltas notorias. Dios ama a los buenos y no ama a los pecadores, sino que se aparta de ellos. Simón es bueno y se aparta de los pecadores. Jesús no se aparta de los pecadores, luego Jesús no se guía por el Espíritu de Dios.

 

Había toda una corriente bíblica que invitaba a los justos a separarse de los pecadores, y se pensaba que la “impureza” de unos contaminaba a los demás.

 

Sin embargo, Jesús demuestra que esa necesidad de apartarse de los pecadores, así como también el deseo de castigarlos, ignora tanto la sabiduría de Dios como la realidad del corazón humano. Dios sabe que el hombre necesita tiempo para probar el bien y el mal, Dios sabe que el hombre necesita tiempo para madurar su orientación definitiva. Por eso, a Él no le cuesta olvidar nuestros pecados y desórdenes, si, a pesar de ellos o por medio de ellos, llegamos al amor verdadero.

Pues bien, durante aquel banquete sucede algo que Simón no ha previsto. Una prostituta de la localidad interrumpe la sobremesa, se echa a los pies de Jesús y se pone a llorar. No sabe cómo agradecerle el amor que muestra hacia quienes, como ella, viven marcadas por el desprecio y la segregación. Ante la sorpresa de todos, aquella mujer besa una y otra vez los pies de Jesús y los unge con un perfume precioso.

El fariseo Simón contempla la escena horrorizado. Una mujer pecadora tocando a Jesús en su propia casa. No lo puede creer: seguramente estaría pensando que aquel hombre es un inconsciente, no un profeta de Dios. A aquella mujer impura habría que apartarla rápidamente de Jesús.

Sin embargo, Jesús se deja tocar y querer por la mujer. Ella le necesita más que nadie. Con ternura especial le ofrece el perdón de Dios, luego le invita a descubrir dentro de su corazón una fe humilde que la está salvando. Jesús sólo le desea que viva en paz: «Tus pecados te son perdonados... Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

Simón falla en algo muy básico: está cerrado al mundo de la ternura, está cerrado al mundo del amor y del perdón. Sólo está abierto a la Ley. La imagen que tiene de Dios es de un gran Contador que va anotando las buenas obras y los méritos de cada uno. Así que no tiene conciencia de deber nada a Dios, pues como buen fariseo que es, se lo ha ganado todo a pulso.

 

Queridos hermanos y hermanas, nosotros desde nuestra condición de seres limitados también debemos abrirnos al amor gratuito de Dios, a su ternura y a su perdón. Por encima de todo esta el amor a Dios y la consecuencia de nuestro amor a Dios debe ser el cumplimiento de la Ley y no al revés como pretendía Simón.

 

No olvidemos que todos los evangelios destacan la acogida y comprensión de Jesús que nos muestra el rostro humano de Dios, a los sectores más excluidos de su tiempo: pecadores, prostitutas, recaudadores de impuestos, leprosos ... El mensaje de Jesús es escandaloso: los despreciados por los hombres más religiosos tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios. La razón es sólo una: son los más necesitados de acogida, dignidad y amor.

 

Siempre que nosotros, con la ayuda de Dios, decidimos romper con una situación de pecado, Dios nos da su abrazo de paz, en reconocimiento del cambio operado en nuestro corazón. Tomemos conciencia de este gran regalo de Dios que es su perdón, y estimulados por la fe, vivamos esta experiencia del perdón como gracia, alabando a Dios por semejante don. Al mismo tiempo, dando nuestro amor y perdón a todos, gratuitamente.