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Queridos hermanos y hermanas,
En la antífona al Magnificat que dentro de poco
cantaremos: “El Señor nos ha acogido en su corazón – Suscepit
nos Dominus in sinum et in cor suum”. En el antiguo testamento
se habla 26 veces del corazón de Dios, considerado como el órgano de
su voluntad: respecto al corazón de Dios el hombre es juzgado. A
causa del dolor que su corazón experimenta por los pecados del
hombre, Dios decide el diluvio, pero después se conmueve ante la
debilidad humana y perdona.
Existe también un párrafo veterotestamentario en el cual el tema del
corazón de Dios se encuentra expresado en modo absolutamente claro:
es en el capitulo 11 del libro del profeta Oseas, donde los primeros
versículos describen la dimensión del amor con el que el Señor se
dirigió a Israel en el alba de su historia: “cuando Israel era niño
lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo” (v.1). En verdad, a la
incansable predilección divina, Israel responde con indiferencia y
hasta con ingratitud. “Cuanto más los llamaba –constata el Señor-
más se alejaban de mí” (v.2). Aun así Él nunca abandonó Israel
en las manos de sus enemigos, porque “mi corazón –observa el
Creador del universo- se convulsiona dentro de mi, y al mismo tiempo
se estremecen mis entrañas”. (v.8).
¡El corazón de Dios se conmueve de compasión! En la solemnidad del
Santísimo Corazón de Jesús, la Iglesia ofrece a nuestra contemplación
este misterio, el misterio del corazón de un Dios que se apiada y
derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso, que en
los textos del Nuevo Testamento nos es revelado como inconmensurable
pasión de Dios por el Hombre. Él no se rinde ante la ingratitud y
tampoco ante el rechazo del pueblo que eligió; es más, con infinita
misericordia, envía al mundo el Unigénito, su Hijo para que tome en
sí el destino del amor destruido; para que, derrotando el poder del
mal y de la muerte, pueda restituir dignidad de hijos a los seres
humanos convertidos en esclavos por el pecado. Todo esto a un elevado
precio: el Hijo Unigénito del Padre se inmola sobre la Cruz:
“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta
el extremo” (cfr Jn 13,1). Símbolo de tal amor que va más
allá de la muerte es su costado traspasado por la lanza. Sobre esto
el testigo ocular, el apóstol Juan, afirma: “Uno de los soldados le
atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y
agua” (cfr Jn 19,34).
Queridos hermanos y hermanas, gracias porque, respondiendo a mi
invitación han venido en gran número a esta celebración con la que
entramos en el Año Sacerdotal. Saludo a los Señores Cardenales y a
los Obispos, en particular al Cardenal Prefecto y al Secretario de la
Congregación para el Clero con sus colaboradores, y el Obispo de Ars.
Saludo a los sacerdotes y a los seminaristas de los distintos
seminarios y colegios de Roma; a los religiosos y las religiosas y a
todos los fieles. Dirijo un saludo especial a Su Beatitud Ignace
Youssef Younan, Patriarca de Antioquía de los Sirios, venido a Roma
para encontrarme y significar públicamente la “ecclesiastica
comunio” que le he concedido.
Queridos hermanos y hermanas, detengámonos juntos a contemplar el
corazón traspasado del Crucificado. Hace poco hemos escuchado una vez
más, en la breve lectura tomada de la Carta de San Pablo a los
Efesios, que “Dios, rico de misericordia por el grande amor con que
nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó
juntamente con Cristo… Y con él nos resucitó y nos hizo sentar en
los cielos en Cristo Jesús” (Ef 2,4-6). En el corazón de
Jesús está expresado el núcleo esencial del cristianismo; en Cristo
nos ha sido revelada y donada toda la novedad revolucionaria del
Evangelio: el Amor que nos salva y nos hace vivir ya en la eternidad
de Dios. El evangelista Juan escribe: “Por que tanto amó Dios al
mundo que dio su hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no
perezca, sino que tenga vida eterna” (3,16). Su Corazón divino
llama nuestro corazón; nos invita a salir de nosotros mismos, a
abandonar nuestras seguridades humanas para confiarnos en Él, y
siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros mismos un don de amor sin
reservas.
Si es verdad que la invitación de Jesús a “permanecer en su
amor” (cfr Jn 15,9) es para cada bautizado, en la fiesta del
Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de Santificación sacerdotal, tal
invitación resuena con mayor fuerza para nosotros sacerdotes, de
manera particular esta tarde, solemne inicio del Año Sacerdotal,
querido por mí en ocasión del 150 aniversario de la muerte del santo
Cura de Ars. Me viene de inmediato a la mente una bella y conmovedora
afirmación suya, retomada en el Catecismo de la Iglesia Católica:
“El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús” (n.1589). ¿Cómo
no recordar con conmoción que directamente de este Corazón ha
brotado el don de nuestro ministerio sacerdotal? ¿Cómo olvidar que
nosotros presbíteros hemos sido consagrados para servir, con humildad
y autoridad, el sacerdocio común de los fieles? La nuestra es una
misión indispensable para la Iglesia y para el mundo, que requiere
fidelidad total a Cristo e incesante unión con Él; exige por tanto
que tendamos constantemente hacia la santidad como hizo san Juan Maria
Vianney. En la Carta dirigida a ustedes con motivo de este especial año
jubilar, amados hermanos sacerdotes, he deseado poner en evidencia
algunos aspectos cualificativos de nuestro ministerio, haciendo
referencia al ejemplo y la enseñanza del Santo Cura de Ars, modelo y
protector de todos los sacerdotes, y en particular de los párrocos.
Que ésta mi carta les sea de ayuda y de estímulo para hacer de este
año una ocasión propicia para crecer en la intimidad con Jesús, que
cuenta con nosotros, sus ministros, para difundir y consolidar su
Reino. Y por lo tanto, “con el ejemplo del Santo Cura de Ars - así
concluía mi Carta- déjense conquistar por él y serán también
ustedes, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, de reconciliación
y de paz”.
¡Dejarse conquistar plenamente por Cristo! Ésta ha sido la finalidad
de toda la vida de san Pablo, a quien hemos dirigido nuestra atención
durante el Año Paulino que llega a su conclusión; ésta ha sido la
meta de todo el ministerio del Santo Cura de Ars, que invocaremos de
manera particular durante el Año Sacerdotal; que este sea también el
objetivo principal de cada uno de nosotros. Para ser ministros al
servicio del Evangelio, ciertamente es útil el estudio con una
dedicada y permanente formación pastoral, pero es aun más necesaria
aquella “ciencia del amor” que se aprende sólo en el “corazón
a corazón” con Cristo. Es Él de hecho quien nos llama para partir
el pan de su amor, para perdonar los pecados y para guiar la grey en
su nombre. Justamente por esto no debemos jamás alejarnos de la
fuente del Amor que es su Corazón atravesado sobre la cruz.
Sólo así seremos capaces de cooperar con eficacia con el misterioso
“designio del Padre” que consiste en ¡“hacer de Cristo el corazón
del mundo”! Designio que se realiza en la historia, cada vez que Jesús
se convierte en el Corazón de los corazones humanos, comenzando por
quienes están llamados a estarle más cerca, los sacerdotes. Nos
vuelven a llamar a este constante compromiso las “promesas
sacerdotales”, que hemos pronunciado el día de nuestra Ordenación
y que renovamos cada año, el Jueves Santo, en la Misa Crismal.
Incluso nuestras carencias, nuestros límites y debilidades deben
reconducirnos al Corazón de Jesús. Si de hecho es verdad que los
pecadores, contemplándolo, deben aprender el necesario “dolor de
los pecados” que los vuelva a conducir al Padre, esto vale aun más
para los ministros sagrados. ¿Cómo olvidar a este propósito, que
nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados
de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en
“ladrones de ovejas” (Jn 10, 1ss), o porque las desvían
con sus doctrinas privadas, o porque las atan con los lazos del pecado
y de muerte? También para nosotros queridos sacerdotes, vale el
llamado a la conversión y al recurso de la Misericordia Divina, e
igualmente debemos dirigir con humildad incesante la súplica al Corazón
de Jesús para que nos preserve del terrible riesgo de dañar a
aquellos a quienes hemos sido llamados a salvar.
Hace poco he podido venerar, en la Capilla del Coro, la reliquia del
Santo Cura de Ars: su corazón. Un corazón inflamado de amor divino.
Que se conmovía al pensamiento de la dignidad del sacerdote y hablaba
a los fieles con acentos tocantes y sublimes, afirmando que ¡“después
de Dios, el sacerdote lo es todo!... El mismo no se entenderá bien
sino en el cielo” (cfr Carta para el Año Sacerdotal, p.2).
Cultivemos queridos hermanos, esta misma conmoción, ya sea para
cumplir nuestro ministerio con generosidad y dedicación, ya sea para
custodiar en el alma un verdadero “temor de Dios”: el temor de
poder privar de tanto bien, por nuestra negligencia o culpa, las almas
que nos han sido confiadas o de poderlas –¡Dios no lo permita!- dañar.
La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos; de ministros que
ayuden a los fieles a experimentar el amor misericordioso del Señor y
sean sus testigos convencidos. En la adoración eucarística, que
seguirá a la celebración de las Vísperas, rogaremos al Señor para
que inflame el corazón de cada presbítero con aquella caridad
pastoral capaz de asimilar su personal “yo” a aquel de Jesús
Sacerdote, para así poderlo imitar en la más completa auto donación.
Que nos obtenga esta gracia la Virgen Maria, de quien mañana
contemplaremos con viva fe el Corazón inmaculado. Es por ella que el
Santo Cura de Ars nutría una filial devoción, tanto así que en
1836, en anticipación a la proclamación del Dogma de la Inmaculada
Concepción, había ya consagrado su parroquia a Maria “concebida
sin pecado”. Y mantuvo la costumbre de renovar a menudo esta ofrenda
de la parroquia a la Santa Virgen, enseñando a los fieles que “no
había más que dirigirse a ella para ser escuchados”, por el simple
motivo que ella “desea sobretodo vernos felices”. Que nos acompañe
la Virgen Santa, nuestra Madre, en el Año Sacerdotal que hoy
iniciamos, para que podamos ser guías firmes e iluminadas para los
fieles que el Señor confía a nuestros cuidados pastorales ¡Amen!
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